Nacimiento de Amaru

Relato de Susana Bravo.

Yo ya llevaba más de un mes con licencia, por síntomas de parto prematuro, lo mismo me pasó con mi primera hija Ananda a quien di a luz la semana 35, por lo tanto ya sabía que era probable que mi bebé se adelantara, sin embargo, por más reposo que hiciera, él nacería el día de su cumpleaños y yo solo esperaba con tranquilidad que el día llegara.

Un par de semanas antes del nacimiento había ido a consulta con mi Giselle, y dijo mi Giselle, porque uno se encariña con su equipo médico y creas lazos, ella y Armando Cortinez, mi gine, me habían acompañado con mi primera hija y ahora que estaba embarazada nuevamente volvía a estar con ellos en este maravilloso proceso.

Las consultas con Giselle son más que una revisión obstétrica, son una conversación rica e inspiradora donde se abre el corazón y se comparte desde el espíritu, ella me dio pistas para entender porque mi cuerpo y mi mente generaban estados de parto prematuro…si se puede decir así, y en base a ese entendimiento trataríamos de hacer que mi gordo aguantara el mayor tiempo posible en mi panza.

¿Qué debía hacer? Adecuar un poco mi alimentación y calmar mi mente. Mi mente estaba debilitando mi cuello uterino, mis pensamientos, mi estrés, el control que me gusta tener sobre las cosas estaban jugando en mi contra y al ser consciente de eso, liberas, sueltas y entras en ese estado prenatal donde la mente divaga y la razón se duerme…que manera de disfrutarlo!! Ahora solo me dejaría regalonear y me dedicaría a nada….  Disfrutaba mi cuerpo pesado, mi panza redonda, las pataditas de Amaru y aunque cada día me costaba más dormir, caminar y tomar a mi hija en brazos, mi espíritu rebosaba amor, y unas ganas profundas por seguir embarazada, por impregnarme de cada vivencia, entendí que eso era lo que necesitaba, descansar, dejarme regalonear, no hacer nada ni controlar nada, solo debía vivir el presente conectada conmigo y mi hijo.

Y fue así como en la semana 36, el viernes 10 de agosto, a eso de las 5 am, me desperté para ir al baño y me di cuenta de que estaba sangrando, con mucha tranquilidad le avisé a Nicolás, mi pareja y entendimos que debíamos partir a la clínica, pues podía haber llegado el gran día. Yo ya tenía todo listo, con calma nos vestimos y nos fuimos preparando, bolsos, exámenes, el cooler para la placenta, un guatero de semillas calientito, aprovechamos de dejar la ropa lista para que mi hija fuera al jardín, su mochila y le avisé a mis papás, que estaban en mi casa, que me iba a la clínica pues estaba con algunos síntomas, ellos se pusieron felices y mi hija quedaría en buenas manos. Ahora solo quedaba vivir cada segundo, pasara lo que pasara.

Antes de irnos, me miré al espejo, me toqué mi guatita hermosa, la acaricié, la contemplé, luego me acerqué a mi hija que dormía, mi amada Ananda y me despedí de ella como hija única, la besé largamente, la abracé y le agradecí, le agradecí la oportunidad de hacerme madre, del aprendizaje, del compartir día a día, miré a mi bebé, por última vez, mi hija única, mi inspiración, mi luz, mi bendición, la miré completa, su carita hermosa, su pelo, su cuerpito pequeño, la bendije infinitamente y le susurré que ahora nos esperaba una nueva etapa,  la de hermana mayor y esperaba que con su hermano se amaran y cuidaran siempre, le dije que la amaba profundamente y partimos.

En el auto comencé con las primeras contracciones y le avisé a Giselle y Armando que partía a la clínica, pensaba en ellos y su trabajo, sin descanso, con tanta dedicación, a cualquier hora disponibles… tanta vocación que hay por medio, no puede ser de otra forma, para recibir llamados y WhatsApp a cualquier hora y responderlos!

Cada momento que pasaba tenía más certeza de que el gran momento se acercaba y quise abrazar el dolor pues quería tenerlo de aliado, necesitaba conectarme a través de él con mi hijo y mi experiencia de madre, no era la única, no era la primera, no sería la última, pero tal vez para mí si sería mi última experiencia, como no vivirla en plenitud, tantas mujeres sintiendo la llegada de la vida, con cada célula, con cada oleada que cada vez era más intensa e inaguantable, yo sabía que todo sería rápido, ya me lo habían advertido, así que debía disfrutarlo, mi viaje comenzaba, Nico puso unos mantras y poco a poco fui adentrándome al camino hacia el planeta parto.

Llegamos a urgencias y fue una mala experiencia, es la realidad, pero no quería que nada empañara mi momento, nuestro momento con Amaru, era nuestra experiencia y nadie me la iba a quitar, pero pasa que por más que uno trata de abstenerse, cuando el entorno no te acompaña vuelves de tu camino a conectarte con el mundo y eso te aleja de tu planeta parto. Mucha espera, trato indiferente, malas prácticas, como es posible que una mujer a punto de parir deba estar firmando documentos y contestando preguntas en plena contracción? Como es posible que mi pareja deba esperar que lo atiendan en urgencia largo rato para que a mí me puedan trasladar a la sala de parto? Como es posible que sin preguntarme hayan estado a punto de ponerme anestesia?  Y así…muchas cosas que pasaron en ese momento  en que solo quieres estar con tu pareja, tu matrona y tu doctor. Estaba muriendo para volver a nacer y mi entorno era completamente indiferente…..y en medio de todo ese desamparo que uno siente llegó Giselle y cuando la vi me sentí esperanzada, me sentí protegida, sentí que era mi guardiana pues ella me defendió de esos seres ajenos, habló fuerte, me cambió de sala y se hizo escuchar y  al mismo tiempo me abrazó con tanta ternura diciéndome que todo estaría bien, que exploté en llanto, ese llanto contenido de quien quiere estar en paz, en intimidad, acogida y acompañada en este viaje hacia la maternidad.

Después de eso recuerdo momentos, hay cosas de las que no fui consciente y eso es bueno…me pasaron a la sala de parto integral y Giselle me examinó y me dijo con una sonrisa, “estás lista”, llegó Armando con su dulzura y calidez y mi Nicolás. La sala quedó a media luz, solo los cuatro, en un ambiente tibiecito y tranquilo, había llegado mi momento, podía decir y hacer lo que quisiera, tenía la libertad de elegir mi posición, gemir, reír, llorar, gritar, conversar o quedarme en silencio. Entre los brazos de Nicolás me paré, me senté, me puse de pie y como en un segundo plano sentía las manos de Giselle poniéndome paños tibios en la espalda y Armando invitándome a adoptar posiciones que me facilitarían el parto, ahí yo era protagonista y todos me acompañaban en ese viaje intenso, sin retorno, inolvidable, alucinante. Uno se va alejando de la realidad y mucho de lo vivido no queda en tu memoria, queda en tus sentido, tu conexión está en tu útero, el dolor te va transformado, te va llevando a un mundo paralelo, mi espalda, mi vientre, la base pélvica, sentía un fuego que no se apagaba, sabía que sería capaz de seguir, podría terminar con éxito este viaje, quería sentir, sentirlo todo, aunque a veces me desesperaba con el dolor, le pedía a Nicolás consuelo entre quejidos, lo abracé, me prendí de sus manos con mi uñas, caí en ese trance donde todo se nubla y solo existes tú y tu bebé que está esforzándose por nacer y entre eso escuchaba a lo lejos a Giselle empoderarme diciendo “vamos ayuda a tu bebé a nacer” y cuando crees que las fuerzas no te acompañan nace de ti un poder interior que te permite seguir pujando.

Yo ya estaba en cuatro patas en el suelo, con un balón de Pilates que me servía de sustento, con la mano aferrada a la mano de Nicolás, gimiendo desde las entrañas y de repente como una llave que se abre rompí bolsa, fue como un estruendo que regó mis piernas con ese calor que te alivia, me sentía mamífera, salvaje, animal, con el pelo revuelto, con el cuerpo enraizado, con el espíritu elevado, llamé a mis ancestros, abuelos y maestros, en un grito interior desesperado les exigí que estuvieran ahí, debían estar ahí, ellos me acompañaron, mis abuelas, incluso la madre de mi padre a quien que no conocí, a mi abuelo también lo llamé y a mis maestros y seres de luz les pedí que me acompañaran, todos estaban, todos me rodeaban y acariciaban, todos me guiaban, no tenía como perderme, el camino estaba trazado solo dependía de mi transitarlo, mi respiración, mi fuerza interior, mi hijo llegaba al mundo y lo estaba sintiendo, esa presión en la pelvis, ya venía, “se ve su cabecita, en la próxima contracción sale” me dice el doc, fue un bálsamo para mí,  y yo ya no esperaba las contracciones para pujar, ya estábamos llegando, Amaru estaba llegando!  y con fuerza y reteniendo la respiración pujé por última vez con toda mi fuerza y  sentí salir su cabecita y luego sentí su cuerpecito deslizarse como un pececito húmedo y tibio y ahí, entre mis piernas me lo pasaron y lo recibí, sentí su llanto como una bendición, lo acuné, lo abracé, lo besé, le di la bienvenida, seríamos tan felices en esta vida, había un mundo tan lindo por conocer y yo se lo mostraría y ahí nos quedamos, yo de rodillas con mi bebé en brazos, los dos desnudos, mojados, empapados en amor, en energía, en embriaguez, “llegó con el día”, me dice Giselle, ya salía el sol, mis labios no cesaban de besarlo, el mundo se detenía, no existía nada más que él y yo en un estado de felicidad y paz absoluta y como una hembra mamífera lo olí, lo olí infinitamente, reconociendo a mi cría y ese olor a “parto”, a mi hijo, nunca lo olvidaré, fue un elixir para mis sentidos, un olor lechoso, olor a maternidad, un olor que no había sentido jamás y que impregnaba mis manos y que venía de él, de mi bebé, fue un regalo más en todo este viaje encantado, nunca un olor me había provocado tal sentimiento de amor y éxtasis, era una delicia.

Luego me ayudaron a pararme y sentí como de entre mis piernas cayó la placenta, el doc la tomó, me la mostró, tan grande y majestuosa, luego me recosté con mi bebe en brazos, toqué el cordón, lo miré y Nicolás lo cortó, ya dejábamos de estar unidos físicamente, pero para siempre éramos uno, Amaru y mamá. Seguí con mi hijo en brazos, calientitos, en tranquilidad absoluta, me dieron todo el tiempo necesario y lo puse en mi pecho, fue capaz de succionar y me sentí tan feliz, tan agradecida de la vida, de Dios, de Nicolás, de Giselle y Armando.

Luego Amaru se fue con su papá y el pediatra a revisión, ahí cerquita mío, mientras a mí me revisaba el doc y me decía que tenía un pequeño desgarro, algo superficial y solo me pusieron un puntito, era maravilloso, mi cuerpo había sabido hacer su trabajo.

Y ahí nos quedamos en la sala de parto descansando los tres, cuando llegó Giselle con una agüita de manzanilla y un sándwich de ave pimiento! Jamás lo olvidaré, que rico estaba, tostadito, reconfortante y al Nico le trajo un cafecito, que atención más grande, que cariño inmenso, esos detalles que pudiendo no existir existieron e hicieron la diferencia para siempre.

Nos despedimos de Armando y Giselle quienes nos felicitaron por lo vivido, nosotros felices y yo profundamente agradecida, es cierto, como mujer hacemos el trabajo, pero sé que mi experiencia de parto no hubiese sido igual sin el cariño, la contención y el ambiente que generaron ellos, las palabras de aliento, las manos tibias acogiendo, la decisión certera en el momento exacto. Me falta vida y palabras para agradecer, el nacimiento de Amaru fue bello, en todo su esplendor, como mujer me empoderé, ya no hay nada que no pueda superar, me siento plena, realizada y poderosa, mi cuerpo, mi mente y mi espíritu se alinearon, todo en perfección, ahora mi gordo duerme a mi lado, la lactancia ha sido fantástica desde el primer día y él crece hermoso y fuerte, y parte de esa fortaleza se la otorgué yo en el día de su cumpleaños, otorgándole uno de los grandes regalos en su vida, estuvimos juntos en la experiencia del nacer, lo vivimos a concho y nos impregnamos de  valentía, determinación, fuerza, garra, empuje y amor, sobre todo amor.